Violencia adolescente [3]
Violencia adolescente [3]
por
Gustavo Matías Silva Fernandez
Violencia: aspectos evolutivos y biológicos
El mecanismo fundamental que rige la evolución de las especies es la selección natural. Esto significa que la vida se guía por el principio básico de la adaptación. Esto es, frente a un ambiente cambiante —el del planeta Tierra—, las especies son seleccionadas en la medida en que tiene las capacidades necesarias para sobrevivir. De ese modo, la selección natural ha preservado toda y cada una de las características que poseen las diferentes especies animales (Illescas, 2004: 53).
A esto último, se agrega que el comportamiento agresivo no es una excepción a esta regla universal de la selección natural. El comportamiento agresivo (presente en todos los animales), no ha sido batido por la ley de selección (Illescas, 2004: 53), por lo cual entendemos que cumple importantes funciones adaptativas para los animales.
Illescas considera la agresión como comportamiento social y adaptativo y las características que de aquí se desprenden las obtiene de Edgard Wilson (Wilson, 1980):
• El comportamiento agresivo está presente en la práctica totalidad de los animales, desde los insectos hasta los primates.
• En principio, cumple una función adaptativa para la especie, ya que al permitir superar ciertas dificultades (desde el ataque de un depredador hasta una catástrofe natural) aumenta las posibilidades de supervivencia de los individuos. Por ello, debido a su carácter adaptativo ha sido seleccionado por la evolución como una forma de respuesta frecuente y omnipresente en distintas especies.
• Wilson nos explica que aunque solemos hablar del comportamiento agresivo como una unidad, sería más propio referirnos a diversas formas de agresión, que cumplen funciones diferentes, por ejemplo, la alimentación, la defensa, la reproducción o el cuidado y la educación de la prole.
• Por último, estas diversas formas de agresión funcionan como un “plan de contingencias” o una secuencia de acontecimientos que pueden favorecer o propiciar la agresión (Illescas, 2004: 53, 54).
Es importante tener en cuenta que el comportamiento agresivo es presentado como algo anormal o patológico, nos dice Illescas. Pero el que haya sido seleccionado por la evolución, especie tras especia hasta el ser humano, refuta esta “nocividad” biológica de la agresión y afirma que, por lo contrario, se trata de un comportamiento que es, en principio, normal y adaptativo. Pero inmediatamente Illescas aclara que otra cosa es que algunos individuos, en ciertas condiciones, realicen comportamientos agresivos excesivos, que dañan a otro ser humano o menoscaban sus derechos (Illescas, 2004: 56).
Más allá de todo, las conductas agresivas más frecuentes que emitimos a diario tiene un valor positivo y son socialmente deseables y jurídicamente aceptables, estas son: el esfuerzo individual y colectivo para mejorar nuestras capacidades de proporcionarnos el sustento (alimento y otros bienes), la defensa de nuestros derechos (nuestra integridad física y moral, el salario, nuestras propiedades, opiniones y creencias) frente a quienes nos los quieres arrebatar (Illescas, 2004:56).
Para Illescas, los chicos son congénitamente más agresivos que las chicas, ya desde la primera infancia, en los primeros años de la escuela, durante la adolescencia y después, a lo largo de la vida adulta. “En general, los varones manifiestan más conductas agresivas y violentas que las chicas, de mayor intensidad, y tanto de carácter físico como verbal” (Illescas, 2004: 58).
En un momento del libro de Illescas este afirma que “la inmensa mayoría de los comportamientos violentos corresponden a jóvenes varones, y no a chicas” (Illescas, 2004: 57).
Hablando estrictamente de los aspectos biológicos, Illescas brinda algunos de los fundamentos de esta mayor predisposición de los varones a la agresividad. Para esto se refiere al sistema endocrino, el cual está integrado por una compleja estructura de centros nerviosos, glándulas y hormonas que regulan procesos vitales básicos como la alimentación, la reproducción, la adaptación del organismo a situaciones comprometidas o estresantes y también a la agresión. Para hacer frente a estas situaciones el cuerpo posee una serie de de procesos bioquímicos, que facilitan las conductas tendentes a su resolución. Las principales estructuras que se implican en este sistema son el hipotálamo —una estructura nerviosa en la base del cerebro—, que regula la producción hormonal de la glándula pituitaria —que se ubica debajo de él—, la cual opera como glándula maestra de las restantes glándulas endocrinas, entre ellas, a los fines que aquí nos interesan, las suprarrenales y diferencialmente, en las hembras los ovarios y en los machos los testículos. Las hormonas segregadas por las glándulas actúan como mensajeros químicos que llevan la información a diferentes partes del organismo, uniéndose a los receptores específicos existentes para cada una de ellas. De esta manera estimulan las funciones vitales a que nos hemos referido (Illescas, 2004: 58). Por último, Illescas se refiere a las hormonas propiamente de la mujer y del hombre como hormonas que juegan un papel decisivo en el establecimiento de diferencias estructurales entre los sexos y también en su distinta propensión para reaccionar mediante conductas agresivas (Illescas, 2004: 58-59), esto es, considera a las hormonas masculinas como más propensas a reaccionar mediante conductas violentas.
Bibliografía:
Illescas, Santiago R., Genovés, Vicente G. (2004) Violencia y delincuencia juvenil. Mendoza: Ediciones Jurídicas Cuyo.
Wilson, Edward. (1980) Sociobiología.